Mi abuela de 80 años vino a verme a Gambia cuando yo vivía allí. Le acompañaba mi madre, su mejor amiga y mi hermano. Un veinteañero, dos mujeres en sus 50 años y la tercera edad.
¿Sabes qué es lo que más les marcó de ese viaje?
Lo vivieron desde adentro.
Hicimos excursión en barca por el majestuoso río Gambia, vimos cocodrilos, hipopótamos y mercados caóticos, paseamos por pueblos de la Gambia más rural, visitamos proyectos de cooperación y disfrutamos la llegada de los pescadores al atardecer en la costa.
Cada uno de estos lugares son una pasada en sí mismos pero hay un elemento común en cada una de estas excursiones que hicieron del viaje una experiencia de las que te marcan de por vida.
Cuando hoy, diez años después, recuerdan ese viaje, hablan de Famata, la vecina que cada mañana venía a casa a tomarse el desayuno con nosotros, recuerdan cuando fuimos al marabout (brujo) para que nos hiciesen unos amuletos en contra de las envidias, o esas charlas alrededor de la hoguera con la attaya, ese ritual de té que dura horas porque en Gambia todo es a fuego lento y cuanto más lento, más tiempo para charlar entre nosotros.
Es un viaje donde no hace falta que seas un aventurero con miles de visados estampados en tu pasaporte. Mi abuela con 80 años no había salido nunca de Europa y en una semana se convirtió en la matriarca jefa del barrio.
La razón, que tiene mente abierta y ganas de conocer mundo.
En este viaje seguramente tu mente hará un click de esos vitales que marcarán un antes y un después en tu vida. Vamos a vivir una realidad y forma de entender la vida tan diferente a la de nuestra sociedad que si dejas que el destino te atraviese tus cimientos se tambalearán.
Es un viaje donde va a haber muchas risas, y es que en Gambia se dan muchas situaciones cotidianas muy surrealistas, como cuando nos pararon en el control policial con el coche para pedirnos documentación y el policía acabó haciéndose selfies con mi abuela.
Vente al país más pequeño de África y sal de la burbuja occidental